¿Vos podrás llegar a la Z ?
Querida Marcelina, te escribo desde el bar de la esquina de tu casa. Toqué el timbre y no contestaba nadie. Decime, ¿hasta que letra del abecedario llegás en tu vida? Te pregunto porque Virginia Wolf en su novela “Al faro” que tengo junto a la tacita de café vacía escribe que “Son muy pocas las personas que, en toda Inglaterra, llegan alguna vez a Q.” Y después dice que “La Z sólo es alcanzada una vez por un hombre en cada generación.” ¿Vos entendés lo que quiere decir Virginia? Creo que encuentra una nueva medida para valorar la calidad humana; fijate que luego agrega que “¿Después de todo, cuántos entre mil millones, llegan a Z ?” Yo, Marcel, por la edad que tengo y lo que he vivido, habré llegado a la G. Todo, como te das cuenta es una fantasía, pero no se puede descartar el metro que nos propone tan alegremente la escritora.
Mientras muerdo la medialuna sigo leyendo y no puedo con la tentación de seguir escribiendo la carta que, al fin, te la voy a dar en la mano. Te dije recién que solo uno en cada generación llegará a la Z, y aclara después que “¿Se le puede culpar por no ser ese uno, con tal de que se haya esforzado honestamente, de que haya dado todo lo que estaba en su poder, hasta no quedarle nada por ofrecer?” Y, fijate Marcel, con que seguridad aclara las consecuencias: “¿Y cuánto dura su fama? Incluso a un héroe moribundo le está permitido pensar, antes de extinguirse, en lo que dirán de él las generaciones futuras. Quizá su fama dure dos mil años. ¿Y que son dos mil años?” Insisto en que Virginia Wolf pone el dedo en la llaga de nuestra vanidad, ¿te parece?, ¡qué relativa es la fama, las conquistas que creemos lograr en la corta vida! Quizá es un poco cruel cuando afirma “La piedra misma a la que se da una patada durará más que Shakespeare.”
Te digo que me conformo con hallarme a la medida de la letra G., ¿vos andarás a la par mía? Bueno, soy generoso y te regalo la J o la L. Nunca fui ansioso por la fama, llegar primero…menos aun a la Z. Miro por la ventana, está lloviendo aun en pleno verano, ¿quién me va a juzgar, quién va a juzgar a la naturaleza y sus azares? Apenas vea que estás por abrir la puerta, cruzo corriendo, te abrazo, quizá me olvide la carta en el bolsillo. Te quiero mucho. Elías.
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